Eternas vigilantes

Posted by Fernando Alcalá-Zamora | Posted in , , | Posted on 01:40

Penumbra. El sol dijo basta y comenzó su rutinaria escapada tras las cornisas de los edificios que flanqueaban mi caminar. Los húmedos y desgastados adoquines que tanto han visto y sufrido marcan el ritmo con el contacto de los indecisos pasos que parecen guiarme instintivamente. Perdido en mis dudas y reflexiones vislumbro el protocolo milenario mediante el cual los últimos rayos de luz saludan y dejan paso a sus artificiales primos que perezosamente se encienden en todo el entramado de calles de la ciudad, en el preciso instante en el que las sombras creían apoderarse de los viandantes.



La desigual calzada me hizo volver en mí cuando estaba a punto de saborear la polvorosa superficie de piedra. No era sino su grito desesperado hacia quienes mantienen su cabeza alzada ante el magnífico legado que el Imperio Romano dejó en las calles de Florencia y se muestran intransigentes a agradecer, al menos durante dos fracciones de segundo, al majestuoso desfile de alineadas rocas talladas la labor sin precedentes que nos permite disfrutar de lo que se alza sobre ellas.



Así, y con unos cuantos tropiezos y resbalones a mis espaldas, el leve salpicar del agua acompañado de unos sencillos acordes de guitarra llegaron a mis oídos de forma fluida, amortiguados por la implacable multitud que se encontraba en la confluencia de recorridos de la plaza y proseguía su discurrir.



El espontáneo músico agradeció mi inesperada atención y atendió la sugerencia que le lancé. Las rasgadas cuerdas vibraron y la atmósfera quedó impregnada de la melodiosa Stairway to Heaven.



Con la seguridad que me aportó la idílica escena, me dejé guiar y guiñé a mis leales compañeras de viaje, acomodándome en la dura superficie aún convaleciente de la batalla que minutos antes le había declarado el líquido elemento caído del cielo. El cansancio me aturdió y, acompañado por la sucesión de notas musicales que Jimmy Page y Robert Plant nos legaron, caí rendido y seguí la senda que Morfeo trazó para mí en aquella noche italiana.